Cuentos Altruistas I.


Erase una vez un pescador indio que vivía en las altas montañas del actual Canadá. 
En la tribu, era muy normal que todos los pescadores y cazadores, al acabar el dia, se sentaban alrededor de la fogata para hablar de como había ido el día. 
Pero aquella noche, nadie quiso revelar lo mal que les había ido. Todos en silencio, observaban el crispear de las danzantes llamas. El viento, la brisa fría de la noche, hacia cimbrear los flecos de las casacas de cuero de los presentes. Lo único que se movía. Todos tan quietos como el manto de la cortina estrellada de la noche. Solo el delicioso sonido musical de fondo, un instrumento de viento típico del pueblo " Sioux" y el sollozar de las criaturas de la oscuridad.
Uno de ellos finalmente habló. 
-.Propongo que cada uno cuente una historia. ( dijo "Pluma blanca")
Los demás, que estaban contemplando sus preocupaciones atraves del fuego, escucharon la propuesta. 
Pero nadie afirmó. Así que de manera altruista, el primer indio, se acercó al fuego y tras crispear las flamas comenzó su historia. 
" a menudo nos olvidamos del valor de las cosas.
El oso fuerte y protector, que gobierna su territorio suele despreciar los frutos del bosque por una costosa pesca en el arroyo. Sus garras grandes y poderosas no pueden hacer nada con el simple musgo de las rocas del río. El es grande en tierra firme, pero pierde su fuerza al acercarse al arroyo. El, como nosotros, se suele olvidar del verdadero valor de que posee. No hay nada mejor que un pescado fresco recién sacado del agua dulce, a pesar de todo se enfrenta a su posible humillación ante todo lo que le rodea y por un momento se olvida del poder de sus garras para cazar en el peligroso torrente. Cuando cae y es arrastrado por la corriente, es cuando percibe lo valioso que son los frutos del bosque. 
En mi boda, mis suegros me regalaron un cuenco de piel de ciervo. Una herencia que fue pasada de padres a hijos. A mi nunca me gustó su color y forma. Respeto a mi mujer y su familia y por eso cada mañana que salgo a pescar me llevo el cuenco de cuero. 
Un mañana, me levante antes que el sol: cogi mis lanzas de pesca y mis víveres, y ese cuenco feo y viejo de la herencia de mi casamiento. Durante el camino, como tantas veces, no paraba de molestarme, ese objeto de cuero innecesario. Incluso lo lleve arrastras, todo, por no ofender a mi mujer.
Al llegar al arroyo, aun seguía molestando. No sabia como colocarme para poderme concentrar en el agua y en la pesca. Así que, lo aparte en una de las rocas del río y me desinterese de el por un rato. 
Aquella mañana, la recuerdo muy bien, por que tuve suerte: los peces salían solos, "Uno tras otro". Todos conocéis mi nefasta avilidad en la pesca de río, y lo poco que suelo pescar. Pero aquel día fue distinto, y me sentí afortunado. No había pasado media mañana, cuando me giré para poder poner todo aquella pesca en el feo cuenco de cuero. ! Había desaparecido! 
Se supone, que aquel día mi corazón debía de estar contento, pero durante todo el camino estuve pensando en el bichoso cuenco. ¿Qué iva a decidir mi mujer, cuando viera que he no traigo su valioso regalo de sus padres?
Aquel viaje de vuelta, fue el más pesado y cansado de todos. Mi angustia pesaba más que la casaca llena de peces. El viaje de vuelta a casa, debía de haber sido feliz y alegre, tendría que haber estado orgulloso por haber tenido tanta suerte, en vez de sentirme triste y preocupado por el cuenco viejo. Ahora lo que me molestaba eran las lanzas de pesca y aquel agradecido montón de peces que llevaba en la espalda. Mientras que caminaba, no paraba de pensar en ese objeto que había perdido en el río, incluso, soñaba con encontrar a uno del poblado con el cuenco de cuero y a su paso y encuentro cambiar todo lo que tenía para que mi mujer pudiera contemplar su cuenco viejo. 
Al pasar la colina, donde se encuentra el puente efímero, antes de llegar a nuestro poblado, pude contemplar como la corriente había traído consigo una especie de diminuta embarcación. ¡el cuenco estaba allí! 
La alegría irrumpió en mi desesperación, disipando toda preocupación. 
¿como pudo llegar hasta allí? 
Aquella sorpresa, un regalo en toda regla, era lo mejor que había pasado durante ese día. 
Mejor que la fabulosa pesca


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